martes, 17 de septiembre de 2024

CUENTAN LAS LEYENDAS


Cuentan las leyendas que olvidar es fácil y que batalla a batalla se ganan guerras. Que ningún maldito duende anda por ahí enredando y susurrando latidos proscritos a la luz de un candil que nadie enciende. Que no existe el blanco, ni el negro, solo una enrevesada aritmética de colores que se suman o se restan al compás del caos. Que las notas de tu perfume no huelen a melodía de tango malparido.

Cuentan las leyendas que las letras de tu nombre no azuzan tempestades en mi almohada y que esta noche las agujas del reloj no arrastran cada segundo como Sísifo su roca. Que en algún recóndito lugar entre la mentira y el miedo habitan todas las respuestas a ninguna pregunta. Que los monstruos no han vuelto a susurrarme. Que no asusta, que no se clava, que no me dueles.

Cuentan las leyendas que nada sucede como cuentan las leyendas y que, si me quedara dormida, soñaría un camino donde ya no me llovieras. 

jueves, 30 de mayo de 2024

SIN MÁSCARA



Siempre se creyó un tipo duro con el alma más oscura que una noche de enero. Creía estar de vuelta de todo y que todo le resbalaba igual que se va escurriendo el agua en un cristal. Miraba el mundo a través de un velo impuesto de sombra y se autoproclamaba íntimo de los monstruos que habitaban sus armarios y debajo de su cama. La primera vez que lo miré a los ojos supe con certeza que aquella era una pose impostada, —quizá por necesidad, quizá por miedo—, un disfraz que escondía con eficacia su ser verdadero, una máscara umbrosa que camuflaba la luz que irradiaba, sin poder evitarlo, por cada uno de sus poros. Me enamoré de él en la primera sonrisa, y ya no hubo vuelta atrás. 

Pasaron los meses y, palabra tras palabra, gesto tras gesto, comprendí que aquel disfraz que lucía orgulloso contra viento y marea también guardaba con celo dolor a raudales. Un dolor sordo. Gélido como una mañana polar a ratos. Peligrosamente ígneo en ocasiones. Un dolor que asolaba su bondad innata y lo condenaba a ahogarse en un agitado mar de lágrimas silenciosas. Cuando me abrió su caja de Pandora particular y me hizo testigo de su desdicha, algo en mi interior cambió irremisiblemente. Yo, que siempre quise aprender a odiar sin éxito, la odié al instante. Ella. Solo ella. Maldita fuera para todas las eternidades.

No fueron celos, no os equivoquéis. A esas alturas yo ya me conformaba con perderme en su mirada de atardecer de verano y en la risa pura que se le escapaba a veces. Lo que me arrasó las entrañas fue descubrir que alguien fuera capaz de lastimar a su antojo el alma por la que yo bajaría al infierno todos los días a la hora de la siesta. Ella. Maldita ella. Cuando se le cayó la máscara ni daba crédito a mis ojos. Tras su rostro sereno y su sonrisa angelical se ocultaban un sinfín de ofidios ponzoñosos expertos en inocular desprecio. Su aparente calma no era más que tiempo de descuento en el que su cabeza maquinaba los más ruines pensamientos. Ella, que lo tenía comiendo de la palma de su mano, lo trataba a patadas. Mi tesoro convertido en escoria entre sus dedos. 

Tardé unos meses en ganarme su confianza. A mí también se me da bien fingir y jugar al despiste. La adelfa que guardo en mi bolso y yo esperamos ansiosas la hora de la cita. 

jueves, 16 de mayo de 2024

SHIKAESHI



Blanca como la nieve. Apetecibles labios rosados –preferiblemente cerrados– y mirada huidiza de niña buena y algo tímida. La expresión del rostro, triste, compungida, de huérfana desprotegida frente a los males del mundo. El uniforme recién lavado y planchado; la falda y las calcetas a una altura bien avenida con las reglas del decoro; zapatos brillantes de chica ordenada. Silencio impecable de virtud intachable. Lo ha ensayado hasta la extenuación. Ha practicado la pose hasta caer rendida ante el espejo noche tras noche. Por fin ha llegado el día y no puede desaprovechar la oportunidad que lleva aguardando más de cinco años. Se sabe bien su papel y no los defraudará. 

Espera la hora, sola y tranquila, en el baño del instituto. El baño es la más pura metáfora de su vida. Azulejos blancos, limpios, asepsia generalizada en el exterior; lo que se oculta tras las paredes, tanto en las tuberías como en su propia mente, es bien distinto. Blanco por fuera, podrido por dentro. Sabe desde hace mucho que el engranaje de su cabeza es diferente al del resto de personas a las que ha conocido. Las voces de dentro ya no la desconciertan. Al principio se hubiese arrancado con gusto la cabeza con tal de que se callaran y la dejaran en paz, pero ahora ya sabe someterlas a su voluntad, y se entretiene bastante con su compañía. Además, todas las voces comparten su objetivo y lo cantan a coro en las numerosas tardes de lluvia. Shikaeshi.

Puntual como un reloj, aguarda cabizbaja frente a la puerta del despacho de Dirección. La secretaria del Sr. Tagaki la hace pasar a una estancia que no pisaba desde que llegó al internado. El Señor Director la espera repantigado en su sillón de cuero. Algo más viejo que la última vez que lo vio, pero con la misma expresión prepotente y la misma suciedad en los ojos. Él fue quien la recibió cuando la trajeron una madrugada de furiosa tormenta. Él dijo que la cuidaría y la protegería. Tardó media hora en averiguar que mentía, y algún año más en descubrir que era parte del gran monstruo que le arrebató la niñez y la humanidad. 

–Ha crecido mucho, señorita Akane. Es usted ya casi una mujer.

Las voces comienzan a murmurar y ella les ordena guardar silencio. Las imágenes de aquella noche, de LA NOCHE con mayúsculas, comienzan a desfilar por su cerebro con más nitidez que nunca.

–Su informe académico y de convivencia no podría ser más satisfactorio...bla bla bla... resultados inmejorables... bla bla bla... una nueva beca...
Tres hombres vestidos completamente de negro irrumpen en el salón rompiendo el gran ventanal de cristal. Los rostros estupefactos de sus padres. Gritos. Súplicas. Órdenes. Llantos. Una niña de diez años sigilosa escondida bajo la enorme mesa de caoba. El pecho de su padre abierto como una granada madura. El blanco cuello de su madre profanado por el acero de una katana impía. Un fundido a negro y despertar en el asiento de atrás de un coche de alta gama...
–...pero quizá necesitaría un poco de su ayuda para terminar de decidirme...

Akane sabe lo que viene a continuación, y lo está deseando... La mano izquiera del director debajo de su falda. La derecha acariciando el bulto prominente que ya asoma en sus pantalones. En un abrir y cerrar de ojos, con todo el disimulo y en un gesto que lleva ensayando años, Akane saca la daga que lleva oculta en su calceta derecha. Aprovechando el instante de sorpresa, se la clava justo en el centro del abdomen. La carne humana opone mucha más resistencia que los muñecos de trapo y paja con los que ha practicado, pero no tiene problema en retorcerla y retorcerla hasta destrozarlo por dentro. Un chorro de sangre se escapa a presión y le salpica la cara. Akane sonríe. Las voces aplauden en su cabeza. Shikaeshi.

jueves, 2 de mayo de 2024

MONÓLOGO DE ARENA



La vida es esa montaña rusa cuyos vaivenes oscilan impredeciblemente entre el cielo y el suelo. Hoy estamos aquí, mañana quién sabe dónde. Ayer acariciábamos, incrédulos, las nubes, y hoy nos arrastramos menesterosos por el fango suplicando a dioses invisibles unos gramos de misericordia que nunca acaba de llegar. El negro se torna más negro si cabe y el blanco, ni está ni se le espera.

Hilvanando estos pensamientos tan carentes de optimismo, me hallo —no sin cierta sorpresa— en la encrucijada a la que nunca hubiera querido llegar. Si continúo, deberé cruzar en solitario un desierto de arena tórrida y asfixiante. Si vuelvo atrás, sé que el espejismo pronto mutará de nuevo en desierto de hielo. No tengo nada sobre lo que descargar mi rabia, mi impotencia, mi frustración, mi tristeza. Debo reconocer que la culpa es solo mía y de nadie más que mía. Y recuerdo a la perfección, como si fuera una escena representada sobre las tablas de un teatro en ninguna parte, la inspiración exacta que ha traído a mi alma dando tumbos hasta este cruce de caminos.

Se levanta el telón. Unos ojos me miran con intensidad, pero en un idioma que nunca he comprendido. No quiero dejarme hipnotizar, no quiero perderme en ellos. Una media sonrisa me trae a la memoria un familiar aroma a café mezclado con el humo de dos cigarrillos que siempre conectaron a la perfección. Céntrate, me digo. Protégelo, me apremio. Pero no sé, no soy capaz de salvaguardar lo que más debería importarme. Mi fibra rebelde e inconsciente lo dificulta todo en exceso, rogándome que aguante un segundo. Un instante efímero en el que volver a respirar oxígeno puro y no viciado por el dolor. No podemos permitírnoslo, me reafirmo, y aprieto los dientes mientras disfrazo mi rostro de una seguridad y una dureza que estoy lejos de sentir. Comienzo a caminar como una autómata, con la certeza hiriente de que mis pasos me alejan de un precipicio y me internan en el desierto de lo monótono, lo sereno y lo predecible. En mis oídos atrona el silencio de un adiós jamás pronunciado. Se cierra el telón y se pierde entre las dunas, a golpe de lágrima, mi monólogo de arena. 

jueves, 18 de abril de 2024

TARDE


Pasan dos minutos de la medianoche. Llega tarde, como siempre. No le importa —es más, diría que disfruta— haciendo esperar a los demás. Llegó al mundo cinco días después de la fecha prevista. Su santa madre, desesperada, estaba ya barajando opciones de lo más descabellado para lograr expulsar de su cuerpo al bebé remolón que no tenía prisa por nacer. Nunca parecieron importarle las agujas del reloj. Su propio ritmo era el que marcaba la cadencia de su vida, para exasperación de los que tenía alrededor. Su ex-mujer se mordió las uñas durante una hora en la puerta de la iglesia. Perdió numerosos empleos por impuntual, incluso varios juicios por incomparecencia una vez agotados los plazos de la cortesía. Nada de esto le afectó, y su vida siguió discurriendo por cauces ajenos al tiempo.

Pasan diez minutos de la media noche. Suelo ser paciente, pero algo en este tipo me irrita sobremanera. Tampoco es que esté muy habituada a que me hagan esperar. Acuden prestos y dóciles al lugar y en el momento preciso y yo les doy la bienvenida que merecen. Un beso dulce y prolongado. Un abrazo tierno y envolvente del que jamás se apartan. Mi sola presencia mitiga sus dolores y aplaca sus miedos. Quizá esta vez tenga que replantearme la forma de hacerlo. 

El reloj de una iglesia lejana anuncia a quien quiera mirar que pasa ya media hora de la media noche. Hasta los pliegues de la capa los tengo cabreados. Las flores que esta noche he elegido de adorno (teatrera que es una) comienzan a ajarse y a perder pétalos. Las siete vidas de los gatos que merodean por los tejados del vecindario me observan mientras asoma a sus rostros una mueca de burla. Al fondo de la calle se insinúa una sombra bajo la luz inerte de una farola medio dormida. Míralo, ahí viene con su andar despreocupado e indolente. Prisa no tiene, desde luego. Se detiene a contemplar la luna con ojos soñadores y canturrea una melodía desafinada y fuera de ritmo. Mi ira se acrecienta con cada nota mal entonada. Definitivamente, lo voy a hacer de una manera menos sutil. Maldito imbécil. Nadie llega tarde a su cita con la muerte y se va de rositas al otro lado. 

jueves, 11 de abril de 2024

CERCA



Está cerca. Lo nota. Ya lo percibe con cada célula de su cuerpo. Hace días que se lo susurran las fibras del alma. Cierra los ojos, aprieta los párpados tratando de no verlo, pero de poco sirve. Está cerca. Cada vez más. Siempre lo supo, pero olvidó nadar y guardar la ropa junto a sus propósitos de enmienda. Y ahora está cerca, cada vez más cerca.

En un insondable océano de silencio, sus garras la aguardan ansiosas para destrozarla y enviarla de nuevo a la casilla de salida. Para sajarle el pecho y arrancar las flores que nacieron sin permiso de nadie. Siente su aliento en la nuca. Frío y vacío. Lamenta no haber aprendido a rezar ni a coser. Hasta ahora nunca le hizo falta.

Siente como sus alas comienzan a perder el brillo de los que creen en la magia. Las cuerdas de la certeza la asfixian, le abren heridas en la piel dormida. Podría intentar luchar, pero no es nadie. Podría tratar de escapar, pero ignora cómo. El maldito tic tac de un reloj invisible la avisa de que el tiempo prestado se le agota y se desdibujan los contornos de un cielo donde nunca tuvo derecho a volar. El fantasma de las cuatro letras le muestra una sonrisa perversa y sus miedos comienzan a entonar el cántico que da color a las pesadillas. Solo una palabra, solo una, y por fin sabría si la diferencia entre estar viva o muerta era una cuestión de respiración. Está cerca, muy cerca, y en cualquier momento será verdad.

jueves, 4 de abril de 2024

PREGUNTAS

«Espejo, espejito mágico... ¿Quién es la criatura más estúpida de este mundo o cualquier otro al que tengas acceso?  No la busques más, la tienes delante, aunque camuflada debidamente para la ocasión. Sorprendido, ¿eh? Ay, las costumbres... Durante siglos has contestado invariablemente la misma pregunta. Dime, ¿has mentido alguna vez? ¿Tu código de honor de los espejos mágicos te permite hacerlo? No temas, yo no te lo voy a preguntar, no te voy a poner en ese brete. La respuesta siempre ha estado clara como el agua, aunque alguna vez haya podido pensar que ... En fin, qué se le va a hacer, la genética es caprichosa y a mí no me tocó una buena mano en el reparto.

Espejo, espejito mágico...¿Es capaz tu poder de borrarme de la faz de la tierra y así no ensombrecerla con mi presencia? ¿Habita en ese otro lado que no puedo ver el más mínimo ápice de misericordia? Vaya, no contestas a ninguna de mis preguntas. No sé por qué, pero algo así esperaba. Y tú, cuervo de los demonios, ¿te parece bien entrometerte en ruegos ajenos? Cierra el pico y alza el vuelo, que peor agüero ya no puedes pintar.»

El espejo mira en silencio a la criatura impertinente. ¿Cómo osa dirigirse a él en esos términos? Se va a enterar. Concentra toda su energía en vislumbrar lo que oculta la capucha. Cuando logra ver sus ojos, su furia se aplaca. A través de ellos percibe con nitidez el alma del ser que se atreve a hablarle así. Dolor, tristeza, rabia, un corazón roto y un puñado de ilusiones marchitas. Fronteras difuminadas entre la cordura y la insania. Si tuviera brazos, la abrazaría para consolarla, pero a los espejos mágicos no se les permite hacer esas cosas. «Maldito Cupido», piensa apenado. Lo que no acierta a percibir es la hoja de metal frío que esconde la mano de la desdichada. Se acabaron las preguntas.

BLANCAS SALEN

—¿Me estás escuchando?... La pregunta le llega lejana, difusa, como si su alter ego oscuro y malévolo la pronunciara desde kilóm...